sábado, 19 de octubre de 2013

Competitividad y cambio estructural


Un mayor nivel de competitividad permite a un país soportar salarios altos, atraer más capital y, esperanzadamente, ofrecer un mejor nivel de vida a sus ciudadanos. Por tanto, la competitividad es un factor fundamental para garantizar el desarrollo económico de un país en el actual entorno global.

De acuerdo al Índice Global de Competitividad elaborado por el Foro Económico Mundial, Colombia se ha mantenido prácticamente en la misma posición durante los últimos cinco años. Mientras tanto otros países de la región han logrado avances significativos, como es el caso de Brasil, Perú, Panamá y Ecuador.

Este último país mejoró en los dos últimos años 30 posiciones y sobrepasará a Colombia el próximo año si se mantienen las tendencias. El avance se debe, en particular, a una mejor percepción sobre la eficiencia del Estado en el uso de los recursos públicos, a un fortalecimiento de la infraestructura a través de la construcción de vías comparables a las del primer mundo y al aumento significativo de las tasas de cobertura en  educación básica y salud. De igual manera, avanzó en el tema de innovación y sofisticación debido a un aumento de la inversión de las empresas en investigación y desarrollo,  el trabajo conjunto entre las universidades y las empresas, y las compras del Estado a las compañías locales de tecnología.

Para lograr este tipo de transformaciones se requiere, por una parte, voluntad política y, por otra, la coordinación de esfuerzos públicos y privados para hacer frente a distorsiones y cuellos de botella que reducen la productividad, lo cual se conoce como Política de Cambio Estructural (PCE). Esta clase de política contiene estrategias tales como el desarrollo de clusters para las apuestas productivas de las regiones, el trabajo con universidades, la capacitación del capital humano, el uso de TIC y la oferta de instrumentos de financiación o de capital semilla. Según el Consejo Privado de Competitividad, la ausencia de una PCE que permita la articulación entre las diferentes entidades del Estado ha llevado a que los múltiples esfuerzos para transformar el aparato productivo del país no se hayan concretado en resultados específicos.

El país requiere de un esfuerzo concertado del Estado, el sector privado y la academia para diseñar una política de cambio estructural que le apueste verdaderamente a unos cuantos sectores estratégicos.  Para incrementar la competitividad del país estos sectores deben estar enfocados en la producción de bienes y servicios de alto valor agregado e innovación. En ese sentido, en el caso del departamento del Huila nuestras apuestas estratégicas no pueden ser la cholupa, el café y los call-center.

 A pesar de lo anterior, debemos evitar caer en la lógica meramente economicista en donde la competencia desmedida determina la organización de toda la sociedad. La solidaridad debe permear también los arreglos institucionales y el desarrollo económico debe estar mediado por criterios sociales y ambientales. 

¡Esta vez tampoco fue!


El próximo mes de marzo los colombianos elegiremos a quienes nos representarán en el Congreso. En general parece que nos tendremos que contentar con lo de siempre: los políticos tradicionales o sus ahijados políticos, familiares y aprendices. ¡Esta vez tampoco fue!

Nos invitan a votar por los mismos que votaron a favor de aquel proyecto descarado de reforma a la justicia; los mismos que han provocado la crisis del sector agropecuario; los mismos que se han apropiado de las entidades públicas para desangrarlas y mercadear sus puestos; los mismos para los que el robo en la contratación pública se volvió una forma de vida. Los mismos con las mismas.

Seamos realistas y coherentes: el Huila no va a progresar mientras siga gobernado por estas personas y las costumbres que ellas representan.

Sin embargo, no seamos ingenuos al pensar que candidatos jóvenes por el solo hecho de ser “sangre nueva” representan una renovación. Si se han formado de la mano de los políticos tradicionales, ningún cambio pueden representar – por lo menos positivo. Ya ellos tienen el cinismo de afirmar con tono moralista  que “los electores han vuelto costosas las elecciones”. Ante la carencia de propuestas concretas, sus estrategias clientelistas de campaña los lleva a comprar solapadamente votos con motos, televisores y computadores. No nos deberíamos extrañar de que cuando llegan al poder se dedican a robar para pagar sus costosas campañas.

El clientelismo genera corrupción e ineficiencia en la administración pública; corroe el valor de lo público; convierte a los ciudadanos en limosneros y a los partidos en meras bolsas de empleos. Podemos mirar, por ejemplo, el incumplimiento y pérdida de miles de millones de pesos en la torre materno infantil del hospital y el reservorio de Neiva o en el distrito de riego Paicol-Tesalia.

Entonces, ¿debemos resignarnos y asumir que la política inevitablemente es corrupta? No. Eso sería como asumir que es no es posible que personas honradas aúnen esfuerzos para trabajar en una empresa o proyecto común con fines honestos.

Estoy convencido que dentro de los partidos tradicionales y sus descendientes es difícil implementar e institucionalizar las reformas que el país y el departamento requieren. El Huila requiere un movimiento político alternativo que demuestre que la política puede ser decente y mejorar la calidad de vida de todos los opitas. En Antioquia el movimiento Compromiso Ciudadano logró aglutinar a académicos, empresarios y ciudadanos inconformes con la política tradicional en un proyecto cívico que transformó a Medellín y ahora está transformando todo el departamento.

La conformación de un movimiento cívico de esta naturaleza, sin embargo, requiere tiempo y del trabajo perseverante y mancomunado de personas honestas, preparadas y hastiadas de la politiquería. Como en Medellín debemos pasar de la queja a la acción organizada para que la próxima sí sea. Sí podemos.