El próximo miércoles 30 de abril se cumplen 30 años del magnicidio del líder huilense Rodrigo Lara Bonilla. En un ambiente social de decaimiento moral caracterizado por la componenda y la falta de convicciones, la imagen de este colombiano valiente constituye un ejemplo de esperanza e inspiración para muchos.
Nació en Neiva el 11 de agosto de 1946. Estudió derecho en la Universidad Externado de Colombia y se especializó en derecho constitucional y ciencias políticas en la Universidad de París. Luego de dos años de permanencia en Francia, regresó al Huila para integrarse de lleno a la actividad política, como lo recuerda el último tomo de la obra “Historia Contemporánea de Neiva”. Desde entonces empezó a perfilarse como un líder político carismático y estructurado que buscaba moralizar las costumbres políticas. Lo empezaron a llamar el “mozalbete atrevido”, por su espíritu combativo y la coherencia de su actividad política que contrastaba claramente con la de sus rivales políticos.
En agosto de 1983 el presidente Betancur le ofreció el ministerio de Justicia. El aguerrido opita dijo que lo aceptaba siempre y cuando le permitiera enfrentar al naciente y creciente fenómeno del narcotráfico, al que consideraba el principal enemigo del país. Se posesionó con la convicción de que “es el ministro el que hace al ministerio. No al revés”.
Lara Bonilla fue el primer colombiano en el ejercicio del poder que empezó a pisarle los talones a la mafia. Carlos Medellín, ex ministro de justicia, afirma que Lara no solamente denunció públicamente lo que estaba sucediendo sino que inició las investigaciones por los vínculos del narcotráfico con la política. Fue él quien quién prendió las alarmas, abanderó la lucha contra el narcotráfico y la persona que encarnaba un cambio de actitud en Colombia.
Era tanta su valentía que para detenerlo la mafia intentó primero enlodar su buen nombre tendiéndole una trampa. En ese momento el gobierno y hasta Luis Carlos Galán lo dejaron solo. A pesar del dolor, él no se acobardó y continuó con total entrega su lucha contra quienes consideraba que querían derrumbar moralmente a la nación. “Denunciaré a los mafiosos aunque deba pagar con mi vida”, decía. Y efectivamente, a los siete meses de estar en el cargo, la mafia decide asesinarlo. Durante ese tiempo el ministro conmocionó al país con su energía, fuerza y valor moral, como lo narra un periodista.
Juan Carlos Henao, actual rector del Externado, dice que Lara Bonilla –a quien consideraba como absolutamente inteligente, vivaz, creativo y libre– “era tan buen político porque era muy buen académico. Tenía una solidez académica que le daba una solidez conceptual y de principios bastante grande”. Henao afirma que lo que finalmente a Rodrigo Lara lo mata es la claridad de su pensamiento y que de haber seguido con vida su carrera tanto académica como política hubiera sido meteórica. Según la periodista María Jimena Duzán el Estado no quiso pelear y el único que peleó fue Lara y si no lo hubieran matado habría sido mucho más importante que Luis Carlos Galán.
Hoy Colombia sigue necesitando de esta clase de líderes que defienden las instituciones democráticas y el Estado; que sin miedo a pisar callos –¡Lara Bonilla pisó callos de dragón!– y con coherencia moral y competencia profesional creen equipos que dignifiquen la política. Todavía hoy nos encontramos con “indelicadezas que están enriqueciendo a personas a la sombra del Congreso” y de las instituciones públicas. En tiempos de crisis y oscuridad, la sociedad necesita estos héroes que actúan como un faro moral.
domingo, 27 de abril de 2014
Trabajo en equipo
Hace algunos años un grupo de intelectuales publicaron un
libro en el que analizaban la situación de Colombia desde diferentes
perspectivas pero partiendo de una teoría en común. A dicha teoría la llamaban
el almendrón y la resumían en la siguiente frase: “Un colombiano piensa más que
un japonés pero dos japoneses piensan más que dos colombianos”. Con ello
querían resaltar que el principal problema de Colombia es el individualismo
exacerbado, la dificultad del colombiano para trabajar en equipo.
Hoy en día se valora cada vez más las habilidades para
trabajar en equipo debido a la creciente complejidad de muchos temas que
requieren el aporte de personas con diferentes rasgos y destrezas. Un equipo eficiente –una ventaja competitiva para
cualquier organización– no es simplemente un grupo de personas que se reúnen a
trabajar juntas.
Patrick Lencioni en su libro “Las cinco disfunciones de un
equipo” (The five dysfunctions of a team)
señala los obstáculos que un grupo debe superar para convertirse en un equipo.
El primer obstáculo es la falta de confianza que hace que
los colaboradores duden en pedir ayuda o
en proveer retroalimentación constructiva; también hace que salten a
conclusiones sobre las intenciones y aptitudes de otros sin antes intentar
clarificarlas. Los miembros de un equipo deben sentirse tranquilos al mostrar
sus debilidades, errores o falencias entre sí. Construir confianza requiere
compartir experiencias y entender los atributos distintivos de cada miembro del
equipo.
La segunda disfunción de un equipo es el miedo al conflicto.
Todas las relaciones importantes en la vida requieren del conflicto productivo
para crecer – aquel que se centra en las ideas y evita juzgar de manera
destructiva los rasgos personales. El
conflicto productivo facilita alcanzar la mejor solución posible en el menor
periodo de tiempo. Cuando se evita el conflicto con el fin de no afectar los
sentimientos de los miembros del equipo se puede llegar a un estado de falsa
armonía; lo contrario ocurre con el debate franco y desprevenido.
El tercer problema es la falta de compromiso que en este
contexto depende de la claridad y el apoyo a las decisiones. Para lograrlo se
debe entender, por una parte, que el consenso no es indispensable sino que
basta con que todas las opiniones hayan sido escuchadas y tenidas en cuenta en
la decisión y, por otra, que incluso en entornos de incertidumbre es posible comprometerse
con un plan acordado. Un buen equipo entiende que es mejor tomar una decisión
arriesgada y errar que terminar paralizados por el exceso de análisis.
La cuarta disfunción es evitar el dar cuentas, entendida
como la indisposición de los miembros del equipo a controlar a sus compañeros con
respecto a su desempeño o los comportamientos que pueden perjudicar al equipo.
Los miembros de equipos eficientes mejoran sus relaciones manteniendo a los
otros responsables.
La poca atención a resultados en la última disfunción de un
equipo y se refiere a la tendencia de los miembros a preocuparse por algo
diferente a los objetivos colectivos del grupo. Por ejemplo, para algunas
personas el solo hecho de hacer parte del grupo es suficiente para mantenerlos
satisfechos por el estatus que eso representa; para ellos lograr resultados
específicos puede ser algo deseable pero no amerita compromiso o sacrificio.
Para otros miembros puede ser simplemente una oportunidad mejorar su propia
posición u oportunidades de carrera a costas del equipo. Un equipo funcional,
por el contrario, hace de los resultados colectivos del grupo algo más
importante que los objetivos individuales de cada miembro.
lunes, 31 de marzo de 2014
Resultados no tan santos
Hace algunos días el DANE presentó el informe sobre pobreza y desigualdad para Colombia en el 2013. El porcentaje de personas en pobreza fue del 30,6% en comparación al 32,7% del año anterior y el porcentaje en pobreza extrema fue del 9,1% frente a 10,4% en el 2012.
Como era de esperarse, el presidente Santos mostró los resultados como un gran logro de su gobierno. Aunque es importante la tendencia positiva de las cifras, vale la pena hacer algunas observaciones sobre dos aspectos relevantes del informe que no fueron mencionados por el presidente.
En primer lugar, Colombia continúa siendo uno de los países más desiguales del mundo. El informe muestra también que el coeficiente de Gini –que mide la desigualdad de ingresos– permaneció en el mismo valor de 0,539 puntos a nivel nacional; es decir que en Latinoamérica sólo nos superan Haití y Honduras.
Esa desigualdad es pronunciada sobre todo entre las grandes ciudades y el resto del país donde el porcentaje de personas en pobreza fue 42,8% y en pobreza extrema 19,1%. Según el informe, para el 2013 la pobreza en las zonas rurales es 2,5 veces mayor que la pobreza en las cabeceras.
Las investigaciones económicas recientes coinciden en que un mayor nivel de igualdad puede ayudar a sostener el crecimiento. Este se ve afectado por elevados niveles de desigualdad que impiden a los pobres permanecer saludables y acumular capital humano, generan inestabilidad política y económica que reducen la inversión y dificultan el consenso social requerido para ajustar la economía y garantizar el desarrollo sostenible. Por lo anterior, políticas de redistribución del ingreso –como, por ejemplo, proveer educación pública de calidad– pueden promover la igualdad y el crecimiento a la vez.
En segundo lugar, es necesario evaluar si dicha reducción en la pobreza es sostenible. Programas asistencialistas como Familias en Acción pueden proporcionar los ingresos necesarios para que más colombianos superen la línea de pobreza y dejen de ser considerados pobres. Pero si se analizan las cifras del índice de pobreza multidimensional (IPM) el porcentaje de personas en pobreza fue del 24,8% y para el resto del país fue del 45,9%, cifras mucho mayores que las de pobreza monetaria. El IPM es más completo y difícil de manipular ya que tiene en cuenta características relacionadas con la educación, salud, empleo, primera infancia e infraestructura del hogar.
Si estos programas paternalistas realmente no capacitan a los pobres para generar sus propios ingresos de manera autónoma y sostenible en el tiempo, las espectaculares cifras de reducción de pobreza que presenta el gobierno son una simple farsa. Con ese tipo de programas resulta fácil manipular los resultados y de paso mantener a una gran parte de la sociedad dependiente de la ayuda estatal y patrocinadora del clientelismo que está pudriendo nuestro sistema político.
Necesitamos, por el contrario, una nación de personas que puedan desarrollar sus capacidades y tengan las oportunidades para tener, por lo menos, lo mínimo para vivir dignamente. Una nación de ciudadanos conscientes de sus derechos en vez de un tumulto de mendigos suplicando las migajas de un Estado saqueado.
Como era de esperarse, el presidente Santos mostró los resultados como un gran logro de su gobierno. Aunque es importante la tendencia positiva de las cifras, vale la pena hacer algunas observaciones sobre dos aspectos relevantes del informe que no fueron mencionados por el presidente.
En primer lugar, Colombia continúa siendo uno de los países más desiguales del mundo. El informe muestra también que el coeficiente de Gini –que mide la desigualdad de ingresos– permaneció en el mismo valor de 0,539 puntos a nivel nacional; es decir que en Latinoamérica sólo nos superan Haití y Honduras.
Esa desigualdad es pronunciada sobre todo entre las grandes ciudades y el resto del país donde el porcentaje de personas en pobreza fue 42,8% y en pobreza extrema 19,1%. Según el informe, para el 2013 la pobreza en las zonas rurales es 2,5 veces mayor que la pobreza en las cabeceras.
Las investigaciones económicas recientes coinciden en que un mayor nivel de igualdad puede ayudar a sostener el crecimiento. Este se ve afectado por elevados niveles de desigualdad que impiden a los pobres permanecer saludables y acumular capital humano, generan inestabilidad política y económica que reducen la inversión y dificultan el consenso social requerido para ajustar la economía y garantizar el desarrollo sostenible. Por lo anterior, políticas de redistribución del ingreso –como, por ejemplo, proveer educación pública de calidad– pueden promover la igualdad y el crecimiento a la vez.
En segundo lugar, es necesario evaluar si dicha reducción en la pobreza es sostenible. Programas asistencialistas como Familias en Acción pueden proporcionar los ingresos necesarios para que más colombianos superen la línea de pobreza y dejen de ser considerados pobres. Pero si se analizan las cifras del índice de pobreza multidimensional (IPM) el porcentaje de personas en pobreza fue del 24,8% y para el resto del país fue del 45,9%, cifras mucho mayores que las de pobreza monetaria. El IPM es más completo y difícil de manipular ya que tiene en cuenta características relacionadas con la educación, salud, empleo, primera infancia e infraestructura del hogar.
Si estos programas paternalistas realmente no capacitan a los pobres para generar sus propios ingresos de manera autónoma y sostenible en el tiempo, las espectaculares cifras de reducción de pobreza que presenta el gobierno son una simple farsa. Con ese tipo de programas resulta fácil manipular los resultados y de paso mantener a una gran parte de la sociedad dependiente de la ayuda estatal y patrocinadora del clientelismo que está pudriendo nuestro sistema político.
Necesitamos, por el contrario, una nación de personas que puedan desarrollar sus capacidades y tengan las oportunidades para tener, por lo menos, lo mínimo para vivir dignamente. Una nación de ciudadanos conscientes de sus derechos en vez de un tumulto de mendigos suplicando las migajas de un Estado saqueado.
domingo, 16 de marzo de 2014
Propuestas post-elecciones
Pasaron las
elecciones parlamentarias y, por desgracia, el resultado no sorprende. Ya se ha
comentado bastante sobre la poca renovación del Congreso en términos de
candidatos y castas políticas. Salvo unos cuantos legisladores nuevos, la gran
mayoría de congresistas seguirán representando lo mismo. Adicionalmente, con la
victoria del Centro Democrático llega la extrema derecha del país con su
delirante fanatismo a tratar de torpedear el proceso de paz.
A lo
anterior se suma la débil legitimidad otorgada por los electores al congreso
entrante ya que fue elegido por tan sólo el 21% de la población apta para
votar; la abstención (57%), los votos nulos (10.5%), los votos nulos (5.7%) y
el voto en blanco (5.5%) representaron el 79% restante.
A partir de
estos resultados desalentadores, surgen algunas propuestas para, por lo menos, tratar
de contener el deterioro de la democracia representativa en Colombia. La
primera es la necesidad de generalizar el sistema de listas cerradas y acabar
con el voto preferente. Esto, junto con otras reformas, podría fortalecer los
partidos al obligarlos a actuar con disciplina y coherencia programática; no
como ocurre actualmente con las listas abiertas en donde se manejan campañas
personalizadas por parte de cada candidato.
Segundo,
urge una reforma profunda al Consejo Nacional Electoral (CNE), autoridad
electoral altamente politizada cuyos miembros son elegidos de acuerdo al peso
que sus partidos políticos tienen en el Congreso. Según Mauricio García y
Javier Revelo en el libro “Estado Alterado: clientelismo, mafias y debilidad
institucional en Colombia”, la reforma política del 2003 fortaleció la
influencia del Legislativo en el CNE al establecer que los magistrados serían
elegidos por el Congreso de la postulación que hacen los partidos políticos,
reduciendo las posibilidades que esa institución tenía para garantizar la
transparencia y la equidad de los procesos electorales. Los autores afirman que para garantizar la
legalidad del proceso electoral es necesario que el CNE sea independiente de
los partidos, del Congreso y del gobierno.
La
inoperancia del CNE la podemos ver reflejada en la falta de control en la
financiación de las campañas – que, en su gran mayoría, desbordan los límites
establecidos por la ley – y la posterior falta de sanciones. Al respecto, y
como tercera propuesta, también es necesario reformar el régimen que regula la
financiación de las campañas. Si bien las ventajas de la financiación pública
del total de las campañas no son claras, de acuerdo al análisis de García y
Revelo se debería fortalecer el financiamiento público indirecto y los
controles institucionales. Por ejemplo, se podría garantizar el transporte
público gratuito el día de las elecciones y prohibir los aportes de
contratistas o beneficiarios directos del Estado y de organizaciones sin ánimo
de lucro.
En este
mismo sentido y en relación con la primera propuesta, los analistas mencionados
proponen que los partidos sean los únicos responsables por el manejo de los
dineros y evitando la intervención de los candidatos, los cuales deberían
contar con una cuenta única para hacerlo.
Finalmente,
el elevado número de votos no marcados y votos nulos vuelve a evidenciar la necesidad
de implementar el voto electrónico. De igual forma la abstención de muchos
colombianos también ha llevado a que muchos propongan nuevamente el voto
obligatorio como solución incluso al problema del clientelismo. Sin embargo, en
ese caso ¿podemos esperar que esos colombianos votarán por candidatos íntegros
que los representen dignamente?
sábado, 8 de marzo de 2014
Victoria del voto en blanco
Hoy se presentan a las elecciones varios candidatos honestos,
competentes y que les duele Colombia. Desafortunadamente estos son muy pocos y,
como ya es costumbre, no podrán hacer mucho contra la gran mayoría que llegará
con el apoyo de sus empresas electorales y de las mafias. Sus costosas campañas
políticas nos permiten prever ya a qué llegaran.
De buena fe pondremos la esperanza en esos políticos rectos y lo
más probable es que la situación actual siga igual, a pesar de las buenas
intenciones. Las mayorías tradicionales impondrán su voluntad y aquellos
congresistas poco podrán hacer para impedirlo. ¿Que en algo los podrán
controlar? ¿Por qué conformarnos con eso? Acaso, ¿no merecemos mayorías que nos
representen dignamente?
Yo no quiero que las cosas sigan igual. Nos están violando y no
podemos quedarnos quietos. Con estas reglas de juego estamos perdiendo el
partido y no hay esperanzas de ganarlo. No lo juguemos en esos términos y
promovamos una ruptura o por lo menos un sacudón. Ya lo decía Alexis de Tocqueville:
“Una nación que no pide más que el orden ya es esclava en el fondo de su
corazón”.
El voto en blanco se presenta como una alternativa real que puede
darle sustancia al descontento general de los colombianos con su sistema
político. La victoria del voto blanco hoy dará una nueva esperanza. Nos permitirá
a los ciudadanos recordar que somos nosotros los que tenemos el poder y que
Colombia se merece y necesita mejores líderes. Nos despertará del letargo y nos
hará ver que es posible salir de esta situación exasperante.
Los partidos políticos tendrán que empezar a tomar al pueblo
colombiano en serio y presentar candidatos decentes; a ser conscientes de que
la clase media emergente exige respeto y una representación transparente y
honesta. Muchas más personas dignas de pertenecer al Congreso se sentirán motivadas
a postularse para las nuevas elecciones y la mayoría victoriosa de electores a
apoyarlos.
El voto en blanco no es la solución a todos nuestros problemas.
Sería ingenuo pensar así. La solución requiere tiempo y de la movilización
social, la mejora en la educación, la disminución de la desigualdad social
y el perfeccionamiento de la cultura
política de los colombianos.
¿Sapos en la olla?
Hay una
anécdota según la cual cuando se echa un sapo en agua hirviendo este salta
súbitamente; mientras que si se coloca en agua fría y se le calienta
lentamente, el sapo termina cocinándose sin ni siquiera enterarse.
Algunos
utilizan la anécdota para explicar cómo los humanos muchas veces tendemos a
acostumbrarnos a las situaciones adversas y a su progresiva degradación sin la
capacidad de reaccionar.
Eso es lo
que nos ha pasado a los colombianos con la corrupción en la política. Ya nos
hemos acostumbrado a que es algo normal, algo inevitable e inherente a esa
actividad. Es la aceptación implícita de que hoy la honestidad es imposible.
Todos
conocemos los problemas de pobreza, desigualdad, injusticia y corrupción que
impiden el desarrollo social y económico del país. Aunque nos quejamos e
indignamos esporádicamente, en el fondo nos hemos vuelto conformistas y
aceptamos resignadamente esa situación. El nivel de temperatura que va
descomponiendo el tejido social y la moral pública está lentamente aumentando
pero no lo percibimos en realidad.
Para
cambiar esa situación de letargo, esa parálisis mental, se necesita una
ruptura, un cimbronazo que nos despierte de la entumecimiento y nos haga saltar antes de que nos chamusquemos.
Por ello,
ahora estoy convencido de que el voto en blanco puede ser ese golpe que nos
ayude a darnos cuenta de la creciente putrefacción de nuestras instituciones y
del quehacer político. La victoria del voto en blanco en las próximas
elecciones parlamentarias puede hacernos conscientes de que los cambios que el
país requiere sí son posibles.
El pasado
jueves el editorial de El Espectador, reconociendo la fuerza que ha tomado en
las encuestas, afirma que “mucho más poderoso que la abstención, el voto en
blanco podría cambiar el curso de las cosas. Podría darle una cara a la
indignación social”.
La victoria
de esta expresión de inconformidad de la ciudadanía podría ser el detonante de
los cambios institucionales y de mentalidad que el país requiere. Ante la
inminencia del fin del conflicto armado, sobre todo ahora necesitamos de un
Congreso renovado que encarrile al país de una vez por todas en la senda del
progreso como lo hicieron, por ejemplo, Chile, Costa Rica y ahora Ecuador.
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